Padre y madre coraje

Reserva Ecológica Costanera Sur
Camino de Los Lagartos – 17/01/10
14 Hs., aproximadamente

Relato y fotos Claudia y Tito Di Mauro
(Imágenes no aptas para impresionables)

Los casi 37 grados de sensación térmica pesaban más que nuestras mochilas, a esa altura de la vuelta. Habíamos ingresado a las 9 Hs. y sentíamos que el benteveo rayado, el anambé común y el burrito, también común (muy a su pesar), eran los puntos más altos de la observación del día.
La fotografía no andaba bien. A veces la luz, a veces el follaje, otras veces la movilidad constante de los “bichos” y nuestra propia impericia conspiraban contra el logro de una buena cosecha fotográfica.
Volviendo por el Camino de Los Lagartos, desde Viamonte hacia Brasil, recién recorridos unos 400 metros, solamente el imaginario olorcito de La Alameda nos daba fuerzas para seguir. Entonces sucedió.
Un inusual escandalete que producían dos ratonas, por supuesto comunes ambas, nos hizo detener. Las ratonas revoloteaban junto a una palmera ubicada al costado del camino emitiendo fuertes voces desesperadamente (como interpretaríamos luego) y se lanzaban para picar “algo” que parecía adosado a la palmera.
Entonces Claudia la vió. Una serpiente (la nombramos y hacemos por la izquierda el rito conocido, que Uds. deben hacer cuando lo lean) pegada a la palmera, recibía sin inmutarse los repetidos embates de la pareja de ratonas (que ya no nos parecían tan comunes).
De repente comenzó a circular y las ratonas redoblaron sus voces airadas y sus picotazos. Imperturbable, la susodicha (no la vamos a nombrar más para no tener que repetir el rito a cada rato, ya que no queda tan elegante) se dirigía hacia el otro lado de la palmera.

Ingenuos, inexpertos, festejamos por adelantado el triunfo de las ratonas. La susodicha se iba, era nuestro pensamiento y nuestro deseo. Cobrando velocidad se introdujo en un hueco, salió y se descolgó hacia abajo dejando ver su vientre amarillento. Retorciéndose repetidamente se introdujo profundamente en otro hueco. Las ratonas seguían con su cometido pero, estimamos, presintiendo la inutilidad de su denodado esfuerzo. La susodicha salió del hueco con un pichón en la boca y, siguiendo el procedimiento previsto por su naturaleza, se lo fue tragando.

A esta altura se había juntado una docena de curiosos a los que había que explicarles qué estábamos mirando y fotografiando tan impactados. Claudia -sensibilidad femenina al fin- insultaba a la susodicha y pedía perdón a los presentes por los exabruptos. Paralelamente prestaba los binoculares a los curiosos y explicaba su uso (cumpliendo el objetivo del COA de difundir la observación de aves, aunque seguro que no se refiere a esta circunstancia).
En nuestra corta vida de “pajarólogos” no nos fue dado presenciar nunca una situación así. Es decir, nunca desde ese lado. Habíamos observado al hocó colorado juvenil almorzando una suculenta laucha y, más de una vez, halconcitos saboreando el mismo manjar, aunque con técnicas diferentes; pero esas veces nos identificábamos con los comensales. Ahora estábamos del lado de “la comida” y de las admirables ratonas que defendían a sus crías.
“Es la naturaleza” y bla…bla….bla… no nos convencía. Afectivamente estábamos con las ratonas que, a nuestro juicio y sentimiento, ya se habían sacado de encima el tan remanido apellido de COMUNES.
La susodicha terminó su labor y, a esta altura, las ratonas parecían haber aceptado su derrota. Pero….volvió a suceder. La innombrable se descolgó nuevamente dentro del nido, salió con otro pichón y repitió los pasos de su manual de procedimientos.

“Es raro, nunca comen dos presas seguidas”, aseveraba uno de los curiosos reunidos en corrillo. Los insultos y perdones de Claudia se multiplicaban. Un señora que intentaba mirar la escena con el binocular, al lograr su cometido después del esfuerzo típico de los principiantes, se horrorizó de la imagen que tenía “tan cerca” y prefirió no usar más el adminículo. Aquí el COA perdió seguramente un posible futuro observador.
Una vez finalizado el 2do. plato, la susodicha se retiró a las profundidades de la palmera dejando en silencio a las dos ratonas, a la docena de ocasionales espectadores y a dos “pajarólogos” perplejos que hubieran preferido llegar más rápido a La Alameda, con 37 grados encima, unos cuantos “bichos” observados y una magra cosecha de fotografías.
Seguimos nuestro recorrido con un acentuado sentimiento ambivalente: por un lado bronca e impotencia por el contenido de las escenas presenciadas, para nosotros, muy impresionantes. Por el otro gratificación por haber tenido la oportunidad de vivenciar actos simples, pero sublimes, de la naturaleza: la búsqueda de la alimentación para la subsistencia y la obstinada defensa de las crías, aún ante adversarios más poderosos.
Seguimos nuestro recorrido, también, con un interrogante: por qué los pichones esperaron su suerte en completo silencio?; sería para no delatar su presencia finalmente descubierta? Y nos llevamos un agridulce aprendizaje: no siempre se observan escenas que despiertan ternura ( como la construcción de nidos y la alimentación de los pichones por parte de los padres), aunque estos observadores las prefieran. Seguimos nuestro recorrido derecho a casa, sin parar en La Alameda. Ni el olorcito, ya hecho realidad, nos motivó para procurarnos nuestro alimento.
Finalmente vaya nuestro respeto para las ratonas NO COMUNES y un deseo darwiniano para la susodicha: que se cruce con Juancho en el camino que lleva su nombre. Con el perdón de los naturalistas.

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